¿Cuál es
el sentido de la vida? Habrá tantas respuestas distintas a esta pregunta como
personas que aún no han encontrado ninguna. Estas líneas, sin embargo, están
dirigidas a quienes comparten un concepto básico: Tenemos la posibilidad y
responsabilidad de mejorar permanentemente tanto nuestra persona como nuestro
entorno.
Si alguien
siente que todo está escrito y que no hay nada por hacer, es profundamente
pesimista, o no tiene como objetivo mejorar en la vida, seguramente no va a
encontrar valiosa esta lectura. Pero para el resto, con quienes desearía
compartir estas reflexiones confiando en que puedan serles de interés, comienzo
con un consejo fundamental. El punto de partida: tener clara nuestra meta,
definir hacia donde queremos ir. El objetivo, aunque inalcanzable, debe ser la
luz que oriente nuestro camino. Aspiremos a la perfección.
Esta
utópica perfección, puede perpetuarse en cuatro niveles:
Nuestra
propia personalidad: Ella es lo que más
de cerca nos toca comprender, dominar y encaminar. Tenemos un poder bastante
amplio sobre ella, aunque muchos aspectos, regidos por el inconsciente, los
tenemos marcados a fuego y se nos presentan como indomables. Con paciencia,
técnica, y sobre todo con el objetivo firme de modificarla para que se acerque
a nuestro ideal, podemos ir avanzando. No importa si nunca llegamos, lo que
importa es que nuestro camino vaya para adelante, y no sea estanco ni
entrópico. Pero, ¿Cómo es la personalidad perfecta? ¿A qué debemos apuntar?
Cada uno
de nosotros tiene que encontrar la respuesta, pero no debemos buscarla lejos
de lo que somos hoy. Sería inútil y frustrante pretender tener la
personalidad del vecino, opuesta a nuestras tendencias naturales. Intentar
convertirnos en el más sociable del barrio, si somos tímidos, o en un gran
deportista si tenemos tendencias intelectuales y nunca habíamos cultivado
nuestro físico. Es contraproducente luchar contra esas cosas, porque son
reflejo de nuestra configuración genética. Somos así, y contra eso no hay que
luchar. Hay que aceptarlo. La personalidad perfecta es nuestra propia
personalidad pero depurada, enriquecida, despojada de sus defectos. Si
quisiéramos mejorarle el sabor a un guiso, sería ridículo pretender
convertirlo en una torta, porque quedaría espantoso. Lo correcto sería
condimentarlo y agregarle ingredientes adecuados, para convertirlo en un
guiso delicioso, el mejor de todos, pero guiso al fin. Lo mismo ocurre con
nuestra personalidad. Cada uno tiene que preguntarse y tener claro ¿Cómo sería
MI personalidad perfecta? El equilibrio y el amor son las pistas fundamentales
que deben guiar estas respuestas.
Nuestra vida: Más
allá de nuestra forma de ser, somos también responsables de decidir y
conseguir lo que queremos que sea de nuestra vida. Planificar si queremos
casarnos, formar una familia, de qué quisiéramos trabajar, qué nos gustaría
hacer, dónde quisiéramos vivir. Visualizar un ideal para dentro de 10 años,
20, 30 y 40.
Si
dejamos que el mundo decida por nosotros, tenemos las de perder. Sólo a los
peces muertos se los lleva la corriente.
No se
trata de tener un plan detallado. Vivir atado a un cronograma no es la mejor
manera de vivir. La vida necesita de naturalidad. Como veremos más adelante,
necesitamos percibir las señales que nos envía el universo y dejarnos guiar
por ellas. En definitiva, pierde el que intenta dominarlo todo, pero también
pierde el que deja todo a la deriva. El secreto está en el equilibrio. En
tener conceptos generales de nuestra vida perfecta, y dirigirnos hacia ella,
mediante los caminos que el destino va abriendo ante nuestros ojos, y siempre
abiertos a modificar el rumbo si vislumbramos otro mejor.
Nuestro
entorno:
Además de tomar las riendas de nuestra personalidad y de nuestra propia vida,
es positivo que también intentemos influir para mejor en todo lo que nos
rodea. Comenzando por nuestra propia casa, creando en ella un ambiente amoroso
y de felicidad. Continuando con toda nuestra familia, y nuestros amigos,
ayudándolos en todo lo que esté a nuestro alcance para solucionar sus
problemas, fomentando la virtud, tendiendo siempre nuestra mano, sabiendo
escuchar, dar, y recibir. También podemos y debemos ayudar a las personas
necesitadas, cuidar nuestro barrio, y nuestra ciudad. Tenemos que entender
que no somos individuos aislados, somos parte de un sistema. No podemos estar
bien si nuestro entorno está mal. No podemos bailar en medio de la suciedad. Y
no hay que esperar que las cosas cambien solas, hay que actuar activamente
para lograr un avance.
El
mundo entero: Deseemos un mundo
próspero sin hambre ni guerra. Preguntémonos cómo sería el mundo ideal. Pero
que no quede todo en un sueño. Vayamos hacia allá. Todos y cada uno de
nosotros somos los responsables de llevar a la humanidad a buen puerto. ¿Quién
si no? No hay que delegar en otros las responsabilidades y sentarse de brazos
cruzados a esperar un cambio. Tenemos que ser el cambio. Y si es posible no
sólo un grano de arena. La Tierra, el hogar de nuestros tataranietos, nuestro
planeta, es nuestro proyecto, no podemos desentendernos de él. Nuevamente en
este nivel –el más ambicioso de todos- cada uno debe preguntarse qué puede
hacer por el mundo, cuál puede ser su papel en el progreso, y dar lo mejor de
sí para lograrlo.
Lo
importante de reconocer dentro de nuestras mentes los conceptos que componen
nuestro ideal en estos cuatro niveles, no es que lo vayamos necesariamente a
lograr. Lo importante es que con el tiempo nos vayamos acercando a ese ideal.
Que cada día, con cada acción, con cada aprendizaje, nos sintamos más y más
cerca de él.
Que la
vida no corra por su cuenta para donde sea, que nosotros la guiemos hacia una
dirección luminosa. Que la vida sea un proceso de permanente mejoría.
El
primer paso, en conclusión, es saber lo que queremos hacer de nuestras vidas,
y tomar las riendas para que esto se haga realidad.
Dejar de
mirar hacia el costado y poner sobre nosotros mismos la responsabilidad de lo
que suceda. Hacernos cargo, tomar una actitud protagónica. Emprender el
cambio, y comenzar a avanzar…