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¿Qué es Dios?

(Por Mariana Vernieri)

Hay casi tantas nociones distintas del concepto de Dios como hombres sobre la Tierra.  Por más que dejemos de lado las antiguas religiones politeístas, o las religiones orientales, y dirijamos nuestra mirada únicamente al moderno mundo occidental vamos a encontrar muchas variantes entre las visiones que cada uno –creyente o no creyente- tiene de Dios. Algunos lo imaginan en el cielo, quizás con un rostro de anciano, con atributos parecidos a un ser humano. Otros como un alma luminosa, como una energía invisible que puede estar cerca, a lo lejos, o abarcar todo el universo. Hay quienes creen que nos está observando a cada momento y conoce cada uno de nuestros pensamientos y quienes le suponen un alcance más general hacia los grandes acontecimientos del mundo y no hacia lo individual.

 Como estas, habrá millones de concepciones diferentes en el fuero íntimo de la mente humana. Pero hay dos atributos que casi necesariamente encontramos asociados a la palabra Dios: infinitamente poderoso e infinitamente bueno. Me parece necesario replantear estas ideas tan generalmente sostenidas, ya que son culpables de que muchas mentes caigan en el ateismo.

 Analicémoslas de a una:

 a)      Si Dios fuera infinitamente poderoso, ¿podría crear una piedra tan pesada que ni él mismo pueda levantar? Si no la puede crear, su poder sería limitado porque habría algo que le es imposible hacer, pero si pudiera también lo sería, ya que no tendría el poder para levantarla. Esta clásica paradoja nos orienta en algo que parece bastante evidente: En caso de que Dios exista, no parece ser todopoderoso.

Las reglas físicas, químicas, económicas, estadísticas y psicológicas, si bien no las conocemos todas, parecen cumplirse sin excepción. Estamos librados a una intrincada red de reglas, y no observamos casi nunca fenómenos que se escapen a ella, como ocurriría seguramente si Dios pudiera intervenir a su antojo en las cosas y cambiarlas de un día para otro.

Cuando vemos algo que nos llama la atención en este sentido, es más sensato que lo atribuyamos a nuestro desconocimiento de alguna de las reglas del juego y no a una intervención activa de Dios que las desafíe. Una de las reglas del creador del universo puede haber sido que todas las reglas son inmodificables hasta por él mismo. Así, tanto la lógica como la empírica señalan como poco ajustado a la realidad al tan divulgado axioma de que Dios sea, en efecto, todopoderoso.

Ahora bien, por más que esto sea así, nadie puede decir que en consecuencia Dios no existe. Como mucho podríamos afirmar que no es como la mayor parte de la gente piensa.  Siendo estrictamente racionales, el hecho de que las reglas de la creación sean así o asá, o que los atributos del creador sean tales o aquellos,  no permiten en ningún modo negar la existencia del creador o del proceso de creación.  No debemos olvidar que nos estamos refiriendo a la realidad.

b)      Si Dios fuera infinitamente bueno, ¿porqué hay tanto sufrimiento en el planeta? ¿Podrá esto deberse a que, como aclaramos en el punto anterior, no sea un ser todopoderoso y en consecuencia no pueda evitar los males del mundo? Pero mejor, en lugar de partir del supuesto recorramos el camino a la inversa ¿Hay suficientes indicios a nuestro alrededor de que Dios, el creador del universo, haya tenido o tenga motivaciones morales? Nuevamente, no se sabe. Por ahora queda en nuestras intuiciones. Algunos dicen que la sola existencia del sentimiento moral en el hombre demuestra  la moralidad de Dios: ¿Cómo puede alguien crear algo que él mismo no conoce? No es suficientemente rotundo este argumento, ya que puede concebirlo como parte de su creación pero no poseerlo como cualidad propia. Por ejemplo las computadoras -diseñadas por el hombre- tienen la capacidad de hacer cuentas complicadísimas en segundos, cualidad que sus creadores no poseemos.

Pero en cambio, hay una ley empírica muy divulgada y que nos llega a través de la experiencia, en cuanto a las bondades de la actitud moral en la vida y que podría ser un mejor argumento a favor de la moralidad de Dios. Por lo general – y lamentablemente conocemos unas cuantas excepciones- la persona que se maneja con rectitud vive con más satisfacciones y se acerca más a sus objetivos que el malvado a quien las cosas le salen mal. No está muy estudiado si esta convicción realmente surge de la observación de nuestra realidad o es un aliciente que el hombre inventa para afianzar sus sentimientos éticos. Por su importancia es un punto que debería ser analizado exhaustivamente en condiciones de laboratorio, ya que si tal patrón o tendencia realmente existe, puede ser el principio del camino hacia la respuesta buscada.

Pero tal como en el punto anterior, lo más importante de destacar no es esto sino que por más que Dios no fuera infinitamente bueno, o ni siquiera sea una entidad susceptible de moralidad, esto no nos permite decir que Dios no existe. Pueden venir y decir que en ese caso no sería Dios, porque ese es un atributo indispensable que entra dentro de la definición del término. Está bien, cambiémosle la palabra. Eso no importa. Lo que importa es la realidad. Si el mundo no fue creado por casualidad sino que fue resultado de un verdadero proceso de creación y diseño por parte de alguna entidad o ser superior, por más que éste no sea Dios me interesa muchísimo saberlo. 

 Lamentablemente la gente, en general, cuando piensa en Dios piensa en religión y no en conocimiento científico.  De hecho la Biblia es el libro más leído de la historia, mientras que los libros de ciencias que mencionan la palabra “Dios” o “Creador” deben ser contados con los dedos. La Iglesia no incentiva la investigación científica sobre todos estos temas, sino que muy por el contrario se encarga de frenarla, y lo hace no sólo mediante postulados expresos, sino que su acción más importante es la de regalar certidumbres a millones de personas y así detener su vocación de búsqueda. Lo propio hacen las otras religiones.

 Sin embargo, hay un buen punto de partida para que los defensores de nuestras principales religiones monoteístas -si realmente creen en su fe- se acerquen a la ciencia en lugar de negarla, y éste reside justamente en los aciertos de la Biblia.  En los tiempos en que se escribió el Génesis nada se sabía sobre las increíbles propiedades de luz, cuya velocidad es lo único constante en un mundo donde todo es relativo, y juega un rol fundamental en la cosmología moderna. Y a pesar de eso la mencionan en el primer lugar de la creación. Podemos también encontrar una interesante analogía entre la separación de la luz y la oscuridad de la Biblia, y la separación de materia y antimateria de la que hablamos hoy.

 Asimismo, confirmamos que las plantas existieron antes de los animales, y éstos antes que el hombre. Pero lo más sorprendente es la aseveración sobre el origen de la vida: Sin tener noción alguna sobre la teoría de la evolución, hace muchísimo tiempo se escribió que Dios hizo al hombre de barro. Miles de años más tarde se descubre que, tal como nos habían adelantado, los primeros organismos vivos unicelulares que luego evolucionarían para llegar a ser los complejos organismos actuales -entre ellos el hombre- aparecieron justamente en el barro.  También se escribió que la mujer apareció después que el hombre, mucho antes de que los antropólogos nos revelasen que las hembras tardaron miles de años más en llegar a ser homosapiens que sus pares del sexo masculino.

 Modestamente considero –sin ánimo de ofender a quienes lo sostienen- que las versiones que intentan tomar literalmente las palabras del Génesis y negar los descubrimientos alcanzados tienen corta intención de realidad  y no merecen mayor consideración en el marco de este análisis. Pero para los importantes sectores religiosos que admiten que este como muchos otros libros de la Biblia puede estar narrado en forma figurada, ¿Por qué temer a acercarse a la verdad a través de la ciencia? ¿Si lo que afirman es verdad, porqué no demostrárselo a toda la humanidad?

Una cuestión de fe 

Para emprender el camino a la verdad tenemos que reconocer que la fe no constituye una forma de conocimiento. El conocimiento debe ser demostrado y comprendido por la razón. Pero esto no quita que la fe tenga un papel importante y positivo en nuestra vida cotidiana.  Es difícil vivir si sentimos que nuestra vida no tiene un sentido, que nos vamos a morir y todo termina, que somos seres diminutos que nada podemos influir en la realidad y nos sentimos totalmente perdidos y desprotegidos. La vivencia religiosa nos abre una puerta que le da más sentido a todo, nos orienta y nos ayuda a vivir mejor. Cuando rezamos, al tiempo que hablamos con Dios lo hacemos con nosotros mismos, aclaramos nuestras ideas, nuestros deseos, podemos reconocer nuestros errores y arrepentirnos, agradecer lo que tenemos y así valorarlo, y pedir reforzando la intensidad de nuestros sueños.  

La energía que canalizamos a través de la plegaria parece entrar en el juego y competir con las demás fuerzas que nos rodean, mostrando a veces sus claros resultados. Muy poco se sabe sobre este fenómeno. Apenas tenemos una aproximación desde la psicología que nos señala la importancia de la autoestima para el éxito y nos habla de profecías auto- realizables.

 Sería más que interesante probar si en condiciones controladas las personas que rezan con fe y convicción para un determinado fin (cuyo resultado es perfectamente aleatorio) tienen más chances de triunfar que aquellos que no tienen ninguna fe. Tiene que ser algo relevante para que la persona lo sienta realmente, no el número de un dado ya que esto no se compara con la fuerza del rezo en la vida real. Puede haber un premio económico que les cambie la vida a los ganadores, y para asegurarnos la no intervención de la energía del no-creyente podemos hacer que la competencia sea en contra  de máquinas. Hay que tener en cuenta otros factores que podrían entrar en juego como el deseo de los observadores, utilizando todo el rigor del método científico para el estudio, como tan pocas veces se hace con este tipo de cosas.

 También deberían analizarse las variaciones en el resultado del experimento según a qué le reza cada individuo. Hay quienes piden a Dios, a Jesús, a los ángeles, o quienes depositan su fe en otros símbolos como gualichos, supersticiones, y cábalas de lo más diversas.  En caso de que haya una diferencia estadística de resultados positivos a favor de los que tienen fe, ¿Depende esta de cual sea el objeto mediante el cual la misma se canaliza? ¿O solo depende de la fuerza de la convicción de cada individuo? Un monitoreo cardíaco-cerebral quizás podría ayudarnos a medir esta variable.

 Yo creo que si pudiéramos realmente llevar a cabo en condiciones ideales esta prueba, el resultado mostraría una tendencia favorable hacia los que más fe y energía disponen a favor de su objetivo, independientemente de la simbología o medio que utilicen para hacerlo. Pero esto no nos habla de Dios, simplemente describe una de sus reglas.

 

 

 

 

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