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 2. Sobre métodos y conceptos

 Una vez que tenemos claro el objetivo que queremos lograr, y decidimos tomar una actitud activa para lograrlo,  ya tenemos ganada la mitad de la carrera. Pero la pregunta ineludible con la que nos encontraremos es ¿Cómo lograrlo?

 Es claro que con intención solamente no se pueden alcanzar los resultados deseados: para aprender a tocar un instrumento, hay que ir a un conservatorio, o comprar un libro de enseñanza, o conseguir un profesor particular, o pasársela por meses practicando y practicando.

 Puede haber varios caminos, pero lo que seguro no sirve es quedarse con la intención “quisiera aprender a tocar” y esperando sentado a que el aprendizaje llegue solo. 

Cada uno de esos caminos es un método. Y lo mismo se aplica a los cuatro niveles expresados en el punto anterior.

 Centrémonos en  las metas respecto a nuestra personalidad. ¿Qué métodos hay para seguir si queremos superar un trauma, desarrollar la creatividad, o aprender a ser más calmo y paciente?

 Muchos, sin duda. Y muchos más aún los que podemos crear, ajustados a nuestra situación específica, si entendemos la mecánica.

 Están los métodos del psicoanálisis, de la psicología conductista y la logoterapia. Los métodos que proponen los autores de inteligencia emocional, y los de libros de autoayuda en general.

 También hay métodos más específicos como los trabajos con sueños, autohipnosis, sugestión subliminal, terapias con flores, y otros tipos de terapias.

 Si vamos a una librería, con seguridad encontraremos infinidad de literatura con alternativas para la solución de nuestro problema. ¿Cuál elegir? Cada uno deberá ir reconociendo en su propia experiencia qué métodos le han dado mejores resultados. Conocerlos, conocerse, y aprender a crearlos y ajustarlos según necesidad. 

Pero lo más importante que deseo transmitirles aquí, es que hay que ser siempre concientes del alcance de los métodos. No se puede pretender todo de un método. Como la palabra lo indica, es sólo un camino hacia nuestro objetivo, pero el camino debemos recorrerlo nosotros. Si nos limitamos a seguir el método por un tiempo, y no alcanzamos nuestro objetivo, nos sentiremos frustrados, y estaremos igual o peor que cuando empezamos.  

 La clave es correr el método hacia un costado y en el centro poner a nuestro camino. Ir concentrados en avanzar, y cuando sentimos que el método no tiene más que aportarnos, abandonarlo, y quizás pasar a otro, pero encontrándonos más avanzados que cuando empezamos. Y esto se logra a través de la adquisición de conceptos.

 Sólo cuando lleguemos a asimilar un concepto y volverlo parte de nuestras rutinas cerebrales habituales, podremos dejar de lado los métodos y dar por cumplido un objetivo.

 Veamos un ejemplo para ser más claros:

Supongamos que nuestro objetivo es aprender a ser más organizados.

Como primer método, adquirimos una agenda. Comenzamos a anotar todas nuestras obligaciones en ella. Tratamos de acordarnos de consultarla permanentemente. Nos parece que vamos bien, que ya estamos más organizados. Pero un día perdemos la agenda, o simplemente nos aburrimos de ella y de a poco dejamos de usarla. No habremos avanzado nada en nuestro camino a la organización. El método dejado de lado, ningún aprendizaje, ninguna rutina cerebral nueva: un fracaso.

 ¿Qué falló? Que no adquirimos el concepto. Si en lugar de centrarnos en el método (en este caso la agenda) nos hubiésemos centrado en la adquisición del concepto de organización, dándole importancia a cada momento en  el que recurríamos a la agenda con la intención de hacer las cosas bien, grabándolos en nuestro cerebro; y si de a poco hubiésemos intentado recordar los compromisos sin necesidad de leerlos, los resultados habrían sido muy distintos. El concepto se habría instalado en nuestro cerebro, aunque sea parcialmente porque a veces las cosas no son tan fáciles, pero estaríamos más avanzados que cuando empezamos. Si de esta forma llegado un momento perdemos la agenda o la dejamos de lado por aburrimiento o por sentir que ya cumplió su función,  no sería un fracaso. Sería un paso más en el camino. Puede ser que no seamos ya los más organizados del mundo, pero hicimos un aprendizaje.

 Nuestro cerebro se habituó a pensar en los compromisos, a estar atento, a entender los tiempos, a afinar la memoria y la responsabilidad. Estamos mejor que antes. El método cumplió su objetivo porque ayudó a fijar el concepto en nuestra mente.

 Como conclusión, si hemos probado un método para cambiar algún aspecto de nuestra personalidad, y nos falló no debemos echarle la culpa al método y buscar otro. Si nosotros no nos ponemos en actitud de aprendizaje todos van a fallar, por buenos que sean. Si en cambio los ponemos en su lugar (como una ayuda, un camino), y mantenemos por encima de todo la conciencia de lo que estamos haciendo, y la incorporación de conceptos y nuevas rutinas, llegará el momento en que ya sea un hábito adquirido, y no requiera más energía de nuestra parte.

No tiene sentido comprar miles de libros, seguir miles de técnicas, para intentar superar un determinado problema de nuestra personalidad. Si no ponemos conciencia y voluntad en incorporar el concepto de nada servirá. No esperemos que el método haga el trabajo por nosotros. No es magia: es esfuerzo.  

 

 

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