7. La dinámica interpersonal
Una vez que
nos hemos llenado de energía mediante estas experiencias u otras propias, nos
mantenemos en este estado por un tiempo. Con optimismo, iniciativa, “buena onda”
y sintiéndonos bien desde adentro. Pero el contacto con la realidad exterior, y
especialmente el intercambio con otras personas, nos pueden hacer caer en un
minuto. Puede aparecer alguien con exigencias, con críticas, con puntos de vista
que nos enervan, o con insultos, y sacarnos repentinamente de nuestra armonía
para enfrascarnos en una discusión o intercambio desgastante.
Para
elevar nuestro nivel energético de base, tenemos que evitar a toda costa este
tipo de intercambios negativos. De este modo conservaremos nuestra energía y
ayudaremos a quienes nos rodean a aumentar y mantener la suya.
- El juego
de la energía en el intercambio social
En cada
encuentro entre dos o más personas, la energía de cada uno puede sufrir
distintos destinos: conservarse, aumentar, o caer. En los intercambios
positivos, en los que todos se interesan por los aportes del otro, se dan
aliento recíprocamente, buscan ideas en equipo y priman el amor y la empatía, la
energía se retroalimenta positivamente, aumentando cada vez más.
En los
intercambios negativos, muy por el contrario, las partes se van enredando en una
escalada de agresiones que arrasan con su energía y terminan todos peor que al
principio.
También se
dan los intercambios de tipo “parasitarios” en los que una parte se llena de
energía a costa de otro, quien termina debilitado. Esto se da por ejemplo cuando
una persona se pone en el rol de líder severo, y el otro lo obedece sumisamente,
dejándose manejar. El primero engrandece su sentimiento de poder, porque de ese
modo siente que se llena de energía, mientras que el segundo, sin darse cuenta,
está siendo víctima del “robo” de su energía.
Siempre que
nos cruzamos con alguien, e intercambiamos unas palabras, algo va a pasar con
nuestra energía. Por suerte, lo que en definitiva ocurra no es obra del azar
sino de la actitud de las personas involucradas. Afortunadamente, si somos una
de ellas, está bastante en nuestras manos lo que pueda suceder.
Las formas en que una
persona le quita energía a otra son:
-Agrediéndolo verbal o físicamente
-Ignorándolo
-Burlándolo/ ridiculizándolo
-Discutiéndole
-Aburriéndolo con cosas que no le interesan
-Distrayéndolo de lo que quiere hacer
-Hablándole
de temas negativos, morbosos, tristes o dolorosos
-Dándole
órdenes
-Transmitiéndole visiones pesimistas
-Demostrándole desconfianza
-etc.
Las formas en que una
persona le da energía a otra son:
-Demostrándole admiración /aprobación
-Manifestándole amor, empatía, cariño, comprensión
-Escuchándolo con atención e interés
-Dándole
–si lo pide expresa o implícitamente- consejos respetuosos y bienintencionados
-Transmitiéndole paz, confianza, optimismo
-Resaltando
sus virtudes y alentándolo a desarrollarlas
-Encontrando temas de interés y proyectos en común
-Ayudándolo
en lo que necesite
-Hablándole
de temas positivos, alegres
-etc.
Podemos
ahora imaginarnos que vemos la energía fluyendo entre las personas, y observar
un determinado intercambio. (En el que no estemos involucrados, pera empezar,
porque es más sencillo). Tratar de entender lo que está sucediendo, desde el
punto de la energía. ¿Quién está aportando comentarios positivos o buena energía
a los demás? ¿Quién está robándoles energía a los otros? ¿Quién se está
debilitando en su energía?
Podremos
notar, por ejemplo, que el que sale debilitado de un intercambio, seguramente
procederá a ignorar, agredir, o de algún modo quitarle energía al otro. Esto lo
hace porque inconcientemente siente que es su forma de recuperar la energía
perdida.
En una
discusión acalorada, claramente podremos ver que entran en juego simultáneamente
dos pugnas distintas. Por un lado el tema del que se está discutiendo, que es el
aparente sustento de la disputa. Pero subyacentemente se encuentra en juego la
competencia por la energía, que es lo que las torna irracionales y
fundamentalmente emocionales. La energía va y vuelve entre las personas
involucradas como si se estuvieran haciendo pases con una pelota. El que la
pierde, necesita recuperarla, y para eso dice algo que hiere o molesta al otro,
y en ese momento la recupera parcialmente. El otro hace lo mismo, y la
desesperación por “salir ganando” hace que la discusión se prolongue. En el
camino la energía se va perdiendo, y perdiendo, y en definitiva todos quedan
desgastados, aún el que tiene la última palabra
Nosotros
desde afuera, podemos ir desarrollando la capacidad de comprender el juego de la
energía, e incorporarlo a nuestros propios intercambios sociales, para lograr
que sean fructíferos y positivos. Para ello es fundamental asumir que la energía
“robada” de otras personas no sirve, no tiene valor alguno.
Debemos
conseguir nuestra energía por los medios comentados anteriormente “de su fuente
original” y no de otras personas.
Tener en
mente esta visión, y actuar en función de ella, surte sus efectos
independientemente de que este tipo de energía exista en la realidad o sea sólo
una abstracción de nuestras mentes. Es útil porque nos ilustra fenómenos
psicológicos e interpersonales de una manera sencilla de comprender y asimilar.
Nos
encontramos entonces ante una persona o grupo. Nos disponemos a dar inicio a un
intercambio. Todavía nadie dijo nada.
Lo primero
que tenemos que hacer, es concentrarnos en nuestra energía, sentirnos cargados,
bien predispuestos, y con toda la intención de mantenerla o aumentarla y lograr
que los demás también lo hagan.
Especialmente si sabemos que el encuentro va a significarnos un desafío, porque
hay alguna persona que generalmente nos hace perder la paciencia, se va a tratar
un tema álgido, o hay cualquier señal que nos indica que debemos estar alertas
para no perder energía. En estos casos podemos recurrir a un imaginario “halo de
protección”. Respiramos profundamente y al exhalar visualizamos a nuestro
alrededor una hermosa capa luminosa. Estamos protegidos por ella, nada malo
puede entrar o molestarnos, nada nos hará perder nuestra energía, solo las cosas
buenas atraviesan el halo.
Antes de
entrar en el juego, nos ocupamos de dejar una parte de nuestra conciencia
“afuera” como un observador imparcial. El mismo no escucha lo que se está
diciendo, ni se involucra con el contenido de los diálogos, sino que presta
especial atención a lo que ocurre con la energía.
El segundo
paso es buscar lo positivo en nuestros interlocutores. Centrarnos en sus
virtudes. Maximizar el sentimiento de cariño que tengamos hacia ellos y perdonar
o comprender sus defectos.
Cuando
estamos listos para largar, comenzamos el intercambio con una sonrisa, y la
mejor predisposición.
Y para
eso, comenzamos por prestarle atención a lo que nos dicen. Aunque aparentemente
pueda no ser interesante, por algo estamos charlando con esa persona y de ese
tema. Algo importante tenemos que sacar del diálogo. Aunque sea por algún
costado inesperado, una “pista” relacionada con nuestro camino tiene que surgir.
Todo en el universo está entrelazado, y si alguien nos está hablando de algo que
aparentemente no tiene sentido o relación con nuestra vida, tenemos que indagar,
e indagar, hasta sacar alguna conclusión que nos aporte algo valioso. O tal vez
seamos nosotros los que tengamos algo importante que aportarle a la otra persona
para su propia búsqueda. La distracción o desinterés es una pésima actitud, pues
transforma el intercambio en una pérdida de tiempo y desperdicia una oportunidad
valiosa.
Además,
nuestro interlocutor se irá cargando de energía positiva al ver que nos
interesamos en lo que nos cuenta, y esa energía volverá a nosotros.
Muchas
veces la otra persona necesita ser escuchada. Un error muy común es no escuchar
lo que el otro dice, sino querer hablar sobre nuestros propios temas.
Entonces
la primera persona cuenta una experiencia personal, y la segunda lo relaciona
con una experiencia similar que haya vivido. La primera sigue hablando de lo
suyo, y la segunda continúa haciendo su paralelismo, ninguna con auténtico
interés en lo que el otro cuenta, sino cada uno centrado en expresarse, recordar
o aclarar sus pensamientos sobre un tema.
Cada frase
empieza con “ah... yo también… “o “ah, no, yo no…” o MI casa, MIS padres, MI
novio…
Estos
diálogos no sirven. En realidad son dos monólogos intercalados.
La actitud
correcta es escuchar lo que el otro está contando. Poner verdadero interés.
Intentar ayudarlo, olvidarnos de lo nuestro por el momento. Estar atentos al
aprendizaje o señal que podemos obtener de lo que nos cuenta, y ayudarlo a
lograr el suyo. Cuando naturalmente concluya el diálogo, si el otro demuestra
interés por saber de nosotros, recién ahí comenzar el diálogo a la inversa. La
otra persona nos prestará más atención ahora, y se podrán sacar conclusiones más
valiosas.
El
“observador imparcial” que desarrollamos nos deberá alertar cuando alguien no
está interesado en un diálogo, cuando alguien tiene algo que decir, o cuando
alguien se está sintiendo mal. Debemos concentrarnos en no perderlo porque es
nuestra guía. Especialmente atentos a él debemos estar en el caso de que
entremos en una discusión.
Inevitablemente, aunque no nos guste, siempre habrá conflictos que resolver. Lo
importante es no involucrarse emocionalmente en las discusiones. Posicionarnos
bien afuera de lo que se está discutiendo, y sólo centrarnos en los argumentos.
A veces es prioritario lograr que nuestro interlocutor calme sus impulsos y
dejar el tema para más adelante, cuando pueda discutirse objetivamente y sin
entrar en el perjudicial juego de la energía. Idealmente, todo conflicto humano
podría arreglarse fríamente con consensos, negociaciones, intermediarios o
mediadores. Los intercambios negativos cargados de tensión podrían eliminarse,
si uno tuviera la suficiente autorregulación.
El
problema es que la mayoría de las personas no tienen desarrollada esta visión, y
comenzarán a involucrarse emocionalmente con el conflicto, a perder la
racionalidad, y a intentar quitarnos la energía con malas actitudes.
En esos
momentos debemos guardar la calma, apelar a nuestro halo de protección, y a
nuestro observador imparcial. Tener bien en claro lo que está sucediendo. Hacer
todo lo posible para dominar nuestras emociones y no perder los estribos. Si el
otro necesita energía, dársela, no desesperarnos por mantenerla. Total nosotros
tenemos la gran ventaja de saber como recuperarla después, de la fuente
original.
Pero si la
situación se nos va de las manos y nuestro interlocutor en lugar de calmarse
entra en el juego de chuparnos la energía y agredirnos cada vez más tenemos que
ponerle el límite con firmeza. Podemos ceder nuestra energía, confiando en
recuperarla pero hasta un límite razonable. Nuestra energía tiene valor, y vale
la pena defenderla. Siempre cuidando de no pasar nosotros a ser los agresores o
robar la energía del otro, porque sino habremos perdido la batalla.
También,
muchas veces, es necesario luchar por nuestro punto de vista, por un interés
específico, que sí o sí debe resolverse en el momento. Tenemos intereses en
pugna y un adversario sin una buena autorregulación ni actitud conciliadora: un
gran desafío. Para afrontarlo con altura, y salir airosos de la confrontación
debemos:
-
Posicionarnos por encima del conflicto, sin dejarnos envolver por las
emociones.
-
Visualizar el juego de la energía, y concentrarnos en no perder la
nuestra y en no quitársela al otro, intentando que la recupere para enmarcar la
discusión en su verdadera dimensión.
-
Identificar con precisión los puntos en pugna y tomarlos aisladamente.
-
Armarnos con el halo de protección para evitar que las agresiones que
recibamos nos afecten.
-
Comprender que probablemente nos digan cosas que realmente no sienten,
sino que se motivan en las debilidades de personalidad de nuestro interlocutor.
-
Hacer todo lo posible para llevar a la otra persona al plano de lo
objetivo.
-
Ponerse en su lugar, y comprender su punto de vista.
-
Pedirle que se ponga en nuestro lugar y comprenda el nuestro.
-
Abandonar el orgullo y el deseo de quedar con la última palabra.
-
Estar dispuestos a cambiar de idea y a dejarnos convencer por la parte de
razón del otro.
-
Intentar conseguir una solución que satisfaga a ambos, usando toda tu
creatividad, y el pensamiento lateral.
-
Promover una solución equilibrada, en la que cada parte acepte ceder un
poco.
Si
logramos llevar todo esto a la práctica, veremos cómo disminuirán los malos
momentos y tomarán lugar en nuestras vidas intercambios sociales mucho más
positivos. Podremos solucionar los conflictos de la mejor manera posible, y
además descubriremos que los verdaderos conflictos son muchos menos de los
aparentes, que en su mayoría no son sino enmascaradas luchas por la energía en
las que podemos evitar participar.
- El amor
de pareja
La relación
romántica, por ser una de las formas de interacción humana más pura e intensa,
merece algunas consideraciones especiales. En una pareja ideal, ambas personas
aportan al crecimiento de su energía. Cada uno se vuelca en amor hacia el otro.
Los dos se entregan incondicionalmente, y los dos saben también recibir y
agradecer. Se eliminan las competencias por la energía, evitando así debilitarse
mutuamente, y convirtiéndose en un verdadero equipo para la vida.
El amor da
energía. El que da amor, como vimos anteriormente, está dándole energía al ser
amado, pero al mismo tiempo está llenándose de energía él mismo. Una buena
pareja es un gran sustento para sobrellevar los vaivenes de la vida, para
caminar acompañados, completos.
Sin
embargo, en muchas parejas y pseudoparejas la realidad puede ser muy diferente.
A veces, más que una fuente de energía, es la principal fuente de conflictos y
competencias. Hay parejas que viven quitándose energía el uno al otro en lugar
de aumentarla. Mediante los celos excesivos, las peleas y discusiones, el
ejercicio del poder sobre el otro, etc.
¿Y cómo
se llega a esto?
Muchas
veces cuando dos personas se atraen y comienzan una relación, todo es hermoso
entre ellos. La energía de ambos llega a extremos increíbles cuando están
juntos, sienten que tocan el cielo con las manos, todo es euforia y excitación.
Este es el enamoramiento inicial.
Al
principio, el contacto entre estas dos personas en realidad no es tal, sino que
es un contacto entre dos fantasías, entre dos imágenes idealizadas que no se
corresponden necesariamente con las personas reales. Los niveles de energía
alcanzados provienen básicamente de la ruptura de las barreras entre ambas
personas. De ser completamente dos desconocidos, a acceder a un conocimiento
profundo del otro, tanto físico como de su personalidad, se van derrumbando
vertiginosamente las barreras hasta llegar a un acercamiento fuerte. En este
proceso hacia la intimidad, cada uno, a través del otro, accede a la energía del
universo de una forma frontal, increíblemente pura.
Pero por
irreal, esta forma de relacionamiento es limitada.
Al poco
tiempo, la proyección se va evaporando, la intimidad ya se consiguió, no hay más
barreras que derribar y la energía deja de venir de nuestro propio inconsciente.
Llegado ese punto, y acostumbrados a la fuerza de la energía que ambos generaban
juntos, cada uno comienza a pretender que dicha energía venga del otro, y a
sentirse frustrado si no la consigue. Ahí comienzan los reproches, las peleas, y
la lucha por la energía del otro. Muchas parejas se rompen en este punto. Otras
continúan pero mal encaminadas. Sólo las que se fundan en el verdadero amor
pueden lograr una transición de la etapa del enamoramiento inicial hacia un amor
real entre personas reales, basado en el mutuo conocimiento y no en fantasías.
Para lograr
este tipo de relación, hay que dejar de lado ciertos conceptos muy publicitados
y establecidos. Uno de ellos es el cliché de la media naranja, de pensar que
sólo hay una persona en el mundo para cada cual.
Inconscientemente estamos preparados para creer que el amor consiste simplemente
en encontrar a la persona a quien amar, y que cuando esta aparezca todo se dará
naturalmente y de forma fantástica. Las películas románticas, miles de frívolas
canciones de amor que escuchamos día a día, novelas, cuentos, y todo un bagaje
cultural contribuyen a esta expectativa.
El esperar
al príncipe azul, o a la princesa encantada, es una ilusión dañina que atenta
contra la formación de una auténtica pareja de amor.
Erich
Fromm hace una ilustradora comparación con el aprendizaje de un arte. Si una
persona quiere aprender a pintar, y atribuye su fracaso a no encontrar el pincel
adecuado, poniendo todas sus expectativas en que cuando lo consiga hará cuadros
maravillosos, lógicamente vivirá frustrado. Si en lugar de ello depositara sus
energías en aprender la técnica de la pintura, con el tiempo seguro conseguiría
algún pincel que se adapte a sus necesidades. El mismo razonamiento aplicamos al
esperar encontrar a la persona indicada para formar pareja, y suponer que cuando
esta llegue mágicamente estaremos preparados para ser felices juntos por
siempre.
Si
aprendemos a amar, no será lo central encontrar el objeto para nuestro amor.
Desarrollaremos la capacidad de relacionarnos positivamente con el sexo opuesto,
y tendremos entonces la libertad de elegir inteligentemente con quién deseamos
compartir nuestra vida.
La realidad
es que hay en el mundo muchos hombres y muchas mujeres, y que muchos de ellos
podrían formar buenas parejas entre sí, si estuvieran bien predispuestos y
preparados para ello.
Desde ya,
no diría que cualquiera podría ir bien con cualquiera. Pasando por el aspecto
químico de la atracción física, hasta los distintos tipos de personalidad,
costumbres, valores y proyectos, determinadas personas podrían formar relaciones
positivas solamente con cierto subgrupo de potenciales compañeros.
Otro
enemigo popular es el enunciado de que “el amor es ciego”. Abundan las historias
al estilo de Romeo y Julieta, o aquellas en las que los enamorados son de
distintas clases sociales, o que por diversas circunstancias son totalmente
inconvenientes, pero sin embargo “el amor es más fuerte” y supera las
dificultades. Lamentablemente para el romanticismo, estas situaciones son en
realidad reflejo de una debilidad humana.
No somos
animales que sólo nos guiamos por las feromonas para elegir a nuestra pareja.
Tenemos una voluntad, una gran capacidad de dominar nuestras emociones, y
sentimientos, y dirigirlos hacia donde nosotros queremos.
Amar es
una elección, no es un sentimiento incontrolable. Y es una elección que hacemos
día a día. Por eso podemos prometernos amor eterno, porque tenemos la capacidad
de decidir sobre ello. Si el amor fuera simplemente algo que viene o se va
independientemente de nuestra voluntad, dicha promesa carecería de sentido.
En
conclusión, cuando estamos en la etapa de tomar decisiones en cuanto a la
formación de una pareja, debemos tener en cuenta los siguientes factores:
-Tener en claro el
objetivo.
Esto no es
más que un caso particular de lo que hablábamos en los primeros puntos de este
trabajo. En lugar de avanzar sin rumbo, tenemos que tener claras nuestras metas.
¿Queremos formar una pareja o priorizamos en esta etapa de la vida otros
elementos? (Como la libertad para conocer el mundo, o desarrollar nuestro arte o
profesión) Y si la respuesta es que sí, queremos formar una pareja ¿Qué tipo de
pareja queremos?
Tenemos que
tener presente la diferencia entra las parejas sexuales y el amor, ya que muchas
veces pueden confundirse. Es muy distinta la actitud que debemos tener y los
elementos a considerar según estemos buscando una relación circunstancial o a la
persona con quien compartir la vida. Suele suceder que se termine compartiendo
la vida con una persona que en principio iba a ser una relación circunstancial.
Esto no es lo óptimo, pues pudieron no haberse considerado aspectos importantes
que deberían haberse tenido en cuenta.
En la
elección de la persona a quién amar, podemos considerar cuestiones como la
atracción física, intereses en común, tipo de personalidad, visión sobre la vida
en pareja y sobre la familia, religión, clase socio-cultural, objetivos
principales en la vida, filosofía, etc.
No debemos
caer en el error de esperar encontrar a la persona que cumpla con todas las
condiciones, pues estaremos depositando las expectativas en la espera del
objeto, seguramente inexistente. Pero sí podemos definir internamente aquellos
aspectos en los que seremos más inflexibles, y aquellos en los que dejaremos más
libertad.
Así,
entonces, no nos reducimos a la búsqueda de una persona única e idealizada, sino
que limitamos un conjunto de posibles personas con las que consideramos que
podríamos armar buenas parejas.
Tenemos
que tomar muy en serio esta decisión, porque puede marcar la diferencia en
nuestras vidas. Pensando a largo término, y no sólo en el hoy. Por ejemplo la
belleza física es algo que por su esencia con el tiempo se evapora, y no
debiera por tanto tener demasiado peso en nuestra escala. Una buena
conversación, en cambio, es algo que nos va a acompañar toda la vida. Cuando
seamos viejos será lo más importante.
Tampoco
debemos desestimar restricciones por no pensar en el futuro. Hay que proyectarse
a uno mismo con los años, pensar en los cambios que podremos sufrir con el
tiempo, y con la llegada de los hijos.
-Trabajar sobre los aspectos negativos de nuestra
personalidad.
Una pareja
es la unión de dos personas, y en consecuencia su funcionamiento depende del
carácter y disposición de ambas. Antes de encarar una pareja, es conveniente
tener resueltos determinados aspectos individualmente. Uno fundamental es lograr
el equilibrio de la autoestima. Tanto la persona con baja autoestima, como
aquella con autoestima excesiva va a encontrar dificultades muchas veces
indisolubles a la hora de relacionarse sentimentalmente. La primera, por
considerarse indigna de amor; la segunda, por considerar que nadie está a su
altura como para merecer su amor. Tener una personalidad equilibrada es el
primer paso para tener una pareja feliz. Si no podemos estar bien con nosotros
mismos, menos podremos estarlo con otra persona.
-Desarrollar la capacidad de amar.
No sólo a
nuestra pareja sino de amar en general. Aprender a dar sin esperar recibir a
cambio. A ver la belleza de los seres humanos, la mejor parte de cada uno. A
sentir empatía por cada ser que existe en este mundo. Amar a nuestros hermanos,
padres, amigos, familiares, vecinos, conocidos, a los niños, los animales y las
plantas. Amar a la humanidad y a la vida. Amar no sólo en nuestros corazones
como un mero sentimiento, sino amar activamente. Identificándonos con el otro,
rompiendo la barrera de nuestro yo y aceptando que somos en esencia lo mismo.
Amar es
dar energía, y no quitarla. Implica aprender a obtener la energía de otras
fuentes, y no a costa de las personas.
Recién
cuando logremos sentir esa armonía con la humanidad en general, estaremos en
óptimas condiciones para ese tipo de amor exclusivo que sólo se da en las
parejas.
-Estar especialmente atentos a las señales.
En estos
momentos de búsqueda de una pareja, las señales que desarrollaba en el punto 4
son de primordial importancia. Probablemente un sueño, un presentimiento, un
acto fallido, o una casualidad nos estén hablando sobre el camino a seguir para
encontrar el amor. Más que nunca, debemos escucharlas, seguirlas, entregarnos a
ellas, anotarlas, estar despiertos.
-Avanzar conjuntamente
hacia el encuentro.
Los seres
humanos también emiten señales en forma indirecta. Con el lenguaje corporal,
gestos, actitudes, o intangiblemente con su energía. Saber percibir e
interpretar dichas señales nos ayudará a darnos cuenta cuando otras personas
están interesadas en nosotros, y de qué forma lo están. Dentro del subgrupo que
definimos de potenciales compañeros, un factor decisivo para elegir finalmente a
la persona debería ser el que ésta también nos considere atractivos como para
formar pareja.
Los
enamoramientos platónicos o no correspondidos son profundamente negativos. No
tienen nada que ver con el amor, que supone una interacción equitativa entre
dos personas. Son un desperdicio de energía que puede culminar en una gran
frustración.
El
verdadero amor se basa en el conocimiento del otro, en la eliminación de las
fronteras entre ambas identidades. Si nos sentimos enamorados de una persona a
la que casi no conocemos, algo está fallando. Es evidente que estamos
confundiendo el amor con otros fenómenos relacionados como el deseo sexual, un
desafío a nuestra autoestima, o una atracción por la energía que sentimos
podríamos obtener del contacto con esa persona.
El mejor
aplauso es el que suena cuando ambas manos se juntan en el centro. Si falta una
mano, no habrá aplauso por más energía que ponga la primera. Si van a distintos
ritmos, y se chocan lejos del centro, sonarán ahogadas, apagadas, muy lejos de
su máximo potencial.
Por eso,
la mejor manera de acercarse a la persona con la que deseamos formar una pareja
es desde lo humano. Estar mucho más adelante que el otro en nuestro
enamoramiento puede echar todo a perder. Hacer una propuesta erótica a una
persona que no tenía idea de nuestro interés hacia ella puede ser un gran
desatino. La amistad, en cambio, la entrega desinteresada, el acercamiento
sincero hacia las necesidades e intereses del otro, pueden tener mucha mejor
acogida. Una vez que se logra el acercamiento humano, el mutuo conocimiento
paulatino, debemos cuidar de ir avanzando a la par hacia la formación de una
pareja. El primer beso debería llegar en el momento en que ambos están seguros
de que el otro también lo desea intensamente.
-Saber aprovechar la energía extra inicial.
Cuando
estamos en los inicios de una relación, y todo es energía, tenemos que estar
concientes de que estamos viviendo un regalo excepcional, y que en determinado
momento -cuando terminemos de aunarnos con nuestra pareja- esa energía extra
dejará de fluir naturalmente. Así, cuando ese momento llegue, no tendremos que
seguir esperando que la energía surja de la persona, como si fuera un objeto que
nos la transmite. Debemos ser concientes de que la energía extra del
enamoramiento inicial es limitada en el tiempo, y que tampoco es lo más
importante del mundo. Lo más importante es la relación afectiva intensa que
podamos lograr con la otra persona, para darnos energía y aliento mutuo por toda
la vida, para estar realmente acompañados en esta travesía.
Así las
cosas, deberíamos aprovechar esta energía extraordinaria para cimentar el
verdadero amor. Para forjar en nuestras mentes la intención firme de estar
unidos toda la vida por el amor.
-Amar cada día más.
El amor no
es algo que se termine de construir exitosamente un día, y luego podamos
distendernos y echarnos a dormir. Necesita atenciones y cuidados permanentes.
Todos los días elegimos amar, perdonar, mejorar. Todos los días podemos
entregarnos un poco más, y hacer más fuerte la unión. Manejar nuestra energía
para no involucrarnos en las discusiones, para no deteriorar la relación de
amor.
Enamorarse
es una actitud que merece la pena de ser ejercitada en cada momento de la vida
en pareja. Podemos intensificar nuestro sentimiento de amor voluntariamente,
mirando al ser amado con la intención de vivenciar el amor, escribiendo cartas,
poniéndonos lo más posible en el lugar del otro, y sintiéndonos uno. Recordando
su historia, comprendiendo los orígenes de sus defectos, tratando de ver el
mundo desde sus ojos.
El amor de
pareja, como todos los otros tipos de amor, debe cuidarse como a una planta,
regándolo de buenos momentos, acciones y palabras que hagan sentir bien al otro,
y la sincera actitud de desear estar cada vez más enamorados.
c. El trato con los niños
Es sabido
que la personalidad se moldea principalmente en los primeros años de vida. Como
padres o educadores, tenemos la responsabilidad de guiar a nuestros niños en la
formación de una buena personalidad. Del mismo modo que planteaba en los
primeros puntos respecto de nosotros mismos, tenemos también que ayudarlos a
ellos a estar bien preparados para encarar la vida adulta.
-Darles energía:
Los niños,
al igual que los adultos, necesitan energía para sentirse bien.
Cuando son
recién nacidos la obtienen de la madre, a través de la lactancia, de su calor,
de su latido. Luego la conciencia del pequeño se va ampliando y también recibe
energía de los demás familiares, cuando le sonríen, cuando le prestan atención,
cuando le demuestran amor y aprobación.
Cuando se
sienten sin energía, necesitan atraerla hacia sí, y para ello pueden probar
diferentes mecanismos, como el llanto, los gritos, los caprichos, o más adelante
las faltas de respeto.
Los niños
así aprenden desde pequeños a obtener la energía a costa del otro, quien se pone
de mal humor, se irrita, o de alguna forma se ve debilitado en su energía cuando
esto sucede.
Este tipo
de relacionamiento es dañino para ambas partes y contribuye a forjar atributos
negativos en la personalidad del niño.
Por este
motivo tenemos que ser concientes de lo importante que es darles buena energía,
de buena calidad, espontáneamente, sin que tengan que “robárnosla”. Jugar con
ellos, prestarles atención. Enseñarles, hablar, escucharlos. Es mucho más
valioso de lo que pueda parecer en el momento. Es algo que marcará su forma de
relacionamiento en el futuro.
Y además…
¿Existirá una forma más maravillosa y pura de cargarse uno mismo de energía que
dándole amor a un niño? Esto debemos tenerlo presente cuando nos sentimos
desganados como para encarar alguna actividad juntos: “Las ganas vienen
jugando”.
Una vez
que entremos en calor, nos iluminarán con su alegría, su inocencia, su ternura,
y podremos ver en sus ojitos como lo valoran. Todo será maravilloso y nos
preguntaremos por qué no lo hicimos antes. Por qué no lo hacemos siempre.
Como la
energía humana es limitada, y en el intercambio activo con un niño la
movilizamos muchísimo, es necesario que el adulto tenga su tiempo para
recargarla, es decir, para hacer cosas que le gustan solo, con su pareja, o con
otras personas, sin intervención de los niños. Es importantísimo para todos que
estos momentos de tranquilidad existan porque, si no están, se genera un
desgaste en la relación entre el niño y el adulto que pone trabas al buen
funcionamiento de la energía entre ambos.
Si en
cambio el adulto encara el intercambio con el niño en un estado de paz, lleno de
entusiasmo, ya teniendo resueltas sus demás cuestiones y con la decisión de
avocarse en un 100% a él, todo se desarrollará hermosamente, para gran beneficio
de los dos.
Es
preferible compartir algo menos de tiempo, y de mejor calidad, que vivir
pegoteados como siameses, pero desganadamente.
Por esta
razón, a medida que el niño va adquiriendo más capacidades, podemos irles
enseñando los modos de obtener él mismo la energía de otros medios: jugando,
haciendo manualidades, leyendo, apreciando la belleza de las cosas, o de las
mismas formas que ya hemos visto que son aplicables a los adultos.
Así, cada
uno por su parte, logrará un buen nivel de energía de base, y al estar juntos
podrán vivir hermosos momentos llenos de sentido y de valor.
- Respetarlos:
Los niños
son el futuro de la Tierra. Merecen muchísimo respeto, amor, cuidados y
atención.
No por ser
más pequeños son menos humanos, menos importantes, menos sensibles ni nada por
el estilo. Al contrario, lo único que los diferencia del adulto es su mayor
debilidad y necesidad de protección y guía.
Propongo
entonces comparar nuestra actitud ante estas dos situaciones hipotéticas:
1-
Un invitado en una reunión en nuestra casa accidentalmente tira al suelo
un jarrón que adorábamos, partiéndolo en mil pedazos.
2-
Es nuestro hijo de 5 años quien sin querer lo tira.
¿Reaccionaríamos de la misma forma? Pues bien, deberíamos hacerlo. Si imaginamos
que al invitado le diríamos “No se preocupe, fue un accidente, a cualquiera
puede pasarle”, exactamente lo mismo deberíamos decirle al niño. Sería muy
injusto que lo castiguemos. Pero lamentablemente la debilidad del adulto hace a
veces abusar de la debilidad del menor. Una reacción casi inmediata de descarga
de ira, es lo más probable de ver ante una situación así, sin importar que el
daño causado por el niño no haya sido intencional. La misma ira que
contendríamos por respeto, si hubiese sido nuestro invitado adulto – quizás un
desconocido- quien cometiera la torpeza. ¿Es que por haber vivido más años aquel
invitado merece más respeto que nuestro hijo?
Pues más
bien es al contrario, y por lo tanto hay que tener una actitud muy despierta
para que no caigamos en este tipo de errores.
Es bueno
tener presente el tiempo en que nosotros éramos niños. Recordar lo que sentíamos
entonces. Así nos será más fácil valorar lo que ellos valoran y conseguir
tenerles un verdadero respeto. Si un niño está llorando por algo que nos parece
absolutamente irrelevante, trasladémonos a nuestra infancia y recordemos
aquellas cosas que a los adultos les parecían irrelevantes y para nosotros eran
lo más importante del mundo.
Así
podremos comprender su visión. Aquella visión en que lo más pequeño se hace lo
más gigante. Ponernos a su nivel, no subestimar su angustia sus necesidades ni
sus sentimientos.
Los
pequeñitos viven todo con otra intensidad. Por lo tanto, su lápiz naranja, o el
vestido de su muñeca revisten la misma importancia que para nosotros un contrato
de trabajo, o nuestro auto. En consecuencia, debemos darles la misma
importancia. No despreciar sus valoraciones sino asimilarlas en la medida de lo
posible.
Tenemos
que saber ponernos en sus pies para comprenderlos, valorar lo que valoran, ser
justos con ellos, no generarles frustraciones, respetarlos como a un par, y así
contribuir a formarlos dándoles lo mejor a nuestro alcance.
- Darles aliento:
Cada uno
tiene el poder de dirigir su propia vida con el destino deseado. Pero a qué
nivel podamos desarrollar este control y hasta donde lleguen nuestras
expectativas depende en gran medida del aliento que hayamos recibido cuando
éramos pequeños. Lo que los adultos dicen y repiten constantemente respecto del
uno, luego se transforma en una voz interna. Quien está acostumbrado a oír “no
eres capaz de hacer eso, ¿no ves que no sabes nada?” o cosas por el estilo, lo
mismo se dirá a sí mismo al crecer, y esto lo predispondrá al fracaso, o
requerirá de mayores esfuerzos para ser feliz.
Por ello,
todos los mensajes que emitamos sobre nuestra confianza en las capacidades de
nuestros niños tienen que ser positivos. Tenemos que convencernos primero
nosotros, para después transmitírselos, de que ellos son capaces de todo lo que
se propongan.
Si un día
nos dicen que quieren ser campeones olímpicos, ganar un oscar o un premio Nobel,
nada de decirles “eso es casi imposible, muy pocos lo logran” o de tirarlos
abajo destruyendo sus ilusiones. Si alguien puede serlo, ¿por qué no ellos?
No debemos
ser nosotros quienes les pongamos las limitaciones a sus sueños. Si no hay más
remedio eventualmente se las pondrá el mundo, pero no nos adelantemos. En lugar
de eso debemos estar allí, acompañándolos, ayudándolos a lograr sus metas, y no
cortándoles las alas con una visión pesimista, por más que a nosotros nos
parezca realista. Con esfuerzo, persistencia y decisión, cualquier cosa es
posible. Más aún cuando se empieza de pequeño. Sería muy positivo asimilar este
concepto, e inculcárselo a nuestros niños.
Debemos
cuidarnos -en el otro extremo- de no poner demasiadas expectativas en ellos. De
no esperar más de lo que pueden dar. La presión es muy negativa, hace que el
niño se inhiba y se sienta mal consigo mismo si no alcanza a cumplir con lo que
siente que se espera de él. Estos sentimientos se traducen en frustraciones y en
daños irrecuperables para su autoestima.
En
consecuencia, debemos premiar los esfuerzos más que los logros. De este modo el
niño, luego de un fracaso, se seguirá sintiendo estimulado para intentarlo una
próxima vez. Incluso si ellos se sienten frustrados, nuestro papel consiste en
levantarles el ánimo, y felicitarlos por haberlo intentado, que es lo que
importa.
Al fin y
al cabo triunfar o fracasar muchas veces depende más de hechos incontrolables
para el pequeño que de su esfuerzo. Lo que realmente cuenta es la intención y
convicción, no los resultados.
- Cuando hay que retarlos:
Llegados
los inevitables momentos en que se encaprichan, desobedecen, realizan actos
peligrosos o destructivos, nos desafían… en fin, se portan mal, debemos ser muy
cautelosos y autorregulados para no caer en errores que repercutan negativamente
en el niño.
Es
fundamental que no nos dejemos llevar por la ira. Es muy primitivo y deplorable
recuperar la energía que perdemos a costa del pequeño. Gritarles, descargarnos,
enojarnos… es muy bajo.
Nuestras
emociones negativas deben ser reprimidas y controladas más que nunca en este
tipo de intercambio. Para ello, tenemos que tener muy claro que nuestra meta es
educarlos, y sólo esa es la función del reto. El reto debe ser medido y pensado
para ayudarlos a corregir el problema o defecto de personalidad que hay detrás
de cada conflicto. Nuestras emociones nada tienen que ver con esto.
No podemos
enojarnos desde adentro. Tampoco podemos permitir que nuestro estado de ánimo
afecte en como castiguemos al pequeño.
Es cierto
que ellos saben buscar el punto en que nos logren poner nerviosos, pero no hay
que permitírselos. Podemos “simular” enojo, pero no sentirlo realmente. El enojo
real, ocasionado naturalmente por la extracción de energía que nos causan sus
malos actos, debe ser apartado. La energía luego la recuperaremos por otros
medios, o idealmente juntos cuando hagamos las paces seguros de que han avanzado
hacia la virtud.
Puede no
ser fácil, pero nuestro mejor aliado es el gran amor que sentimos por ellos.
Podemos respirar hondo, o incluso contar hasta diez, cargándonos de amor y
energía para encarar el regaño positivamente.
Una vez
que nos sentimos en pleno control, nos dirigimos a ellos con firmeza, pero a la
vez con cautela. Cautela de no faltarles el respeto, y de no decirles cosas que
le causen daño a futuro.
Nuestro
sermón debe estar bien acotado. Si les decimos generalidades como “Haces siempre
todo mal” o “Eres un desastre” “Nunca obedeces a lo que te decimos” eso es lo
que les quedará en la cabeza. Nada les aportará para mejorar o siquiera
comprender el problema. Esas frases se irán grabando en su inconsciente y
generándoles una visión pesimista. Cuando el mejor regalo que les podemos dar,
es ayudarles a tener una actitud optimista ante la vida.
Por eso,
este tipo de frases tratemos de evitarlas a toda costa. En lugar de ellas
podemos utilizar frases mucho más específicas del problema en cuestión.
Para
aprender, e incluso modificar rutinas cerebrales, ellos deben entender por qué
los estamos retando, cual es la causa por la que en definitiva fue dañina su
actitud.
Es
importante que separemos el problema de la persona. Que no seamos nosotros
contra ellos, sino nosotros y ellos contra el problema. Por decir un ejemplo, si
el problema son las faltas de respeto, en lugar de recriminarlos por
irrespetuosos, afianzando la idea de que es un atributo ya inherente a ellos,
podemos plantearlo como algo externo a su personalidad y decirles: “Eres un niño
muy bueno, y tienes muchas cualidades. Las faltas de respeto son algo muy feo,
que dañan a los que te rodean, y hacen que sea menos deseable estar contigo. Te
perjudican a ti, y a todos los que quieres. No permitas que ellas se apoderen
de ti, tienes que dominarlas. Es fácil, y tú eres más fuerte. Si lo logras,
todos estaremos más felices contigo. Sabemos que si te lo propones seriamente
lograrás dominarlas”
Lo mismo
es aplicable a cualquier otro problema o situación. El manejo de nuestras
palabras puede contribuir a reafirmar sus defectos, o a eliminarlos o
aminorarlos, si los manejamos como ajenos a su esencia.
Por
supuesto, luego de pasado el mal momento, cuando notamos que está haciendo sus
esfuerzos por “atacar al enemigo común” no está de más felicitarlos,
premiarlos, y acompañarlos en el proceso.
Un
castigo productivo sería mandarlos a su cuarto a pensar sobre lo que han hecho.
Dicen que el tiempo adecuado es un minuto por año de vida (6 minutos para un
chico de 6 años) La consigna es que reflexionen sobre por qué estuvo mal lo que
hicieron, a qué defecto o problema más general responde, qué deben hacer para
repararlo, y tomen la determinación de no hacerlo más (y si es aplicable
piensen en formas para lograrlo).
Luego de
pasados los minutos, podemos conversar con ellos sobre qué han pensado,
orientarlos, ayudarlos a encontrar las respuestas, perdonarnos, y así recuperar
la amistad y la energía perdida.
De este
modo, gracias al error habremos sacado una moraleja, y aportado a su
crecimiento.
Por otra
parte, es muy efectivo mostrarles nuestros sentimientos. Eso los sensibiliza y
los hace cambiar de papel automáticamente. Por ejemplo si se portan mal en
público a pesar de nuestras insistencias, y les decimos en privado “Me estás
haciendo sentir avergonzada ante la gente, me pone mal tu actitud, por favor no
me hagas ese daño” Lo más probable es que les inunde un sentimiento de
responsabilidad y empatía, y no quieran proseguir con su actitud.
Ellos
también nos aman, y lo que menos desean es causarnos el mal. Por eso si en lugar
de enojarnos los hacemos partícipes de lo que sentimos, podremos llegar a su
corazón ubicándonos, como debe ser siempre, del mismo lado.

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