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La creación del universo

(Por Mariana Vernieri)

La primera gran pregunta que aparece al encarar este tema es si el universo tuvo un principio o existió desde siempre.  El infinito hacia atrás, como algo real, tal como nos dice nuestra intuición no puede existir. Si empezamos a contar desde  menos infinito, ¿como llegar a 0? Esto, por definición, nunca ocurriría. Imaginemos que una persona nos afirma que él (o su potente computadora) empezó a contar desde menos infinito y está terminando, -3, -2, -1, 0. Sin duda nos está mintiendo ¿Por qué no terminó de contar ayer, la semana pasada, o porqué no habría de terminar dentro de dos años? Si para ese entonces también habría ocurrido un tiempo infinito. En ningún momento va a poder llegar al cero, porque tiene que contar infinitos números antes. Si llegó a cero, es porque no empezó de menos infinito sino de un número muy lejano, puede ser, pero finito.

 Es exactamente lo mismo que si nos dijera que terminó de contar desde cero hasta infinito. Nos está mintiendo, porque siempre podría haber contado uno más, y aún no habría terminado. Es tan sencillo como ese ejemplo, sólo que al revés.

 Viendo las implicaciones de este razonamiento a nivel cósmico, si el universo fuera eterno (infinito hacia el pasado) nunca podríamos haber llegado al día de hoy, porque esto sería como llegar al cero desde el menos infinito: imposible. En consecuencia, si el día de hoy llegó, debemos concluir que necesariamente el tiempo tuvo que haber tenido un comienzo.

 Como la simple lógica humana puede fallar, sobre todo en cuanto a cuestiones relacionadas con el infinito concierne, Aristóteles, y sus seguidores hasta tiempos relativamente recientes, sostenían que el universo había existido desde siempre, eternamente, y que no hubo un principio ni un creador.

 Históricamente, la ciencia tenía una propensión a negar que el universo haya tenido un principio. Esto era lo sostenido por las religiones, que hablaban de Creación. La ciencia tuvo y sigue teniendo esa mala costumbre de querer oponerse a la religión, partiendo siempre de supuestos ultramaterialistas como si fueran estos más ciertos que la existencia de leyes más complejas,  incluyendo las espirituales. El mismo Albert Einstein decía que afirmar que el universo tuvo un principio sería acercarse demasiado a lo que afirmaba la Biblia. Al final, en este caso, como en muchos otros -algunos de los cuales iremos viendo en capítulos posteriores- han debido reconocer su error, y ponerse del mismo lado que la religión. Quizás algún día aprendan que si parten de presupuestos más realistas, que despeguen de esta pequeña subrealidad e intenten ampliar sus miras a una realidad mucho más abarcadora, podrán llegar más rápido a las mismas conclusiones. 

 Hoy, la ciencia cuenta con información específica que -sin lugar a silogismos- afirman que el universo tuvo que haber tenido un comienzo, que se estima ocurrió hace unos 15.000 millones de años.

 La observación astronómica moderna nos habla de un fenómeno termodinámico por el cual a medida que las estrellas van consumiendo hidrógeno, va aumentando la radiación electromagnética total en el universo y disminuyendo su masa. Este proceso es constante e irreversible. Por este motivo se prevé el fin (muerte térmica o entrópica)  del universo para cuando la proporción de radiación se haga inmensa y la materia desaparezca por completo.

 Pero esto, si el universo existiera desde siempre, ya tendría que haber sucedido: si, con el paso del tiempo el universo avanza irremediablemente hacia la muerte térmica, entonces, ¿por qué no está ahora en un estado de muerte térmica? Si el universo hubiera existido por un tiempo infinito, entonces,  toda la materia habría desaparecido y todo sería sólo radiación. El hecho de que no sea así, conduce a la ciencia a aceptar mayoritariamente la idea de un principio.

 Esta observación, junto con muchas otras evidencias experimentales apuntan a la idea de un principio real, no sólo de la materia y la energía, sino también del tiempo y el espacio.

 Pero, ¿Cómo fue este comienzo?

 Si bien todavía la ciencia no logra explicarse con certeza el principio del universo, la teoría más avalada por la experimentación es la del Big Bang, que sostiene que todo el universo apareció con el estallido de un “átomo elemental” de masa nula y densidad infinita.

 Cuando el abad católico y astrónomo Georges Lamâitre presentó la teoría en 1927, la misma fue ridiculizada y tachada de claro intento de elevar el génesis al nivel técnico. Pero de a poco fue siendo tomada más en serio, convirtiéndose primero en una teoría más, para luego llegar al estatus de paradigma universal, reconocido por casi toda la comunidad científica y el común de la gente. Esto sucedió gracias a dos evidencias fundamentales: la expansión del universo y la radiación cósmica.

 Por un lado, a raíz de observaciones realizadas en 1930 por los científicos Edwin Hubble y Milton Humanson, se determinó que las galaxias se alejan unas de otras a gran velocidad, como manchitas en un globo que se infla, pero en un espacio-tiempo de cuatro dimensiones.

 Siguiendo hipotéticamente el sentido inverso y retrocediendo en el tiempo,  Hubble y Humanson dedujeron que en un momento todas las galaxias tuvieron que estar muy juntas, tan juntas que en al principio se encontraban comprimidas en un volumen diminuto.

 La teoría de la relatividad encajó a la perfección con esta idea, corroborándola, y llevándola además a un extremo en el que ese átomo elemental sería lo único existente, en un mundo sin espacio, tiempo, materia ni energía. Estamos hablando de un punto de masa nula y densidad infinita en medio de la nada, casi lo mismo –si no es lo mismo- que decir la nada absoluta.

 Pero esto, todavía, no era evidencia suficiente para confiar en la teoría del big-bang (que, dicho sea de paso,  lleva ese nombre gracias al científico  Fred Hoyle quien se burlaba de ella). Más allá de suposiciones o extrapolaciones lógicas, era evidente suponer que semejante explosión de haber existido, tendría que haber dejado secuelas verificables. Como no se detectaba nada que indicara una explosión, muchos científicos seguían oponiéndose a esta idea porque conducía a la gran pregunta de qué fue lo que provocó el primer movimiento y, como temen caer en la palabra Dios, intentaban buscar otras posibles explicaciones. Pero la prueba de la explosión finalmente apareció, tal como se la imaginaba, en la forma de un vestigio concreto y mensurable, gracias al descubrimiento de Robert Wilson y Arno Penzias quienes, en 1978, merecieron un Premio Nóbel por encontrar en sus receptores una radiación de microondas que procedía de todos los cuerpos celestes, como remanente de la gran explosión. Como las ondas que una piedra genera al caer en el agua, el big-bang dejó impregnado a todo el universo con la vibración residual del primer impulso.

 La teoría era ahora fuerte y muy aceptada, pero las subsiguientes observaciones siguieron conduciendo a su confirmación. En años recientes, se demostró que la expansión del universo sucede con aceleración decreciente, configurando esto otro gran indicio de que hubo un principio, ya que es sumamente coherente: todo comenzó con una gran explosión a velocidades altísimas, y  a medida que las constelaciones se alejan, esta velocidad se va perdiendo.

 Con todo esto, es difícil encontrar algún científico serio que no se haya convencido de que el universo tuvo su comienzo, a pesar de las implicaciones metafísicas que esto significa. Especialmente, como ya veremos, una gran evidencia a favor de la existencia de Dios.

 Pero siempre hay científicos empeñados en buscar soluciones más complejas, con tal de seguir negando lo que consideran “un acto de fe”. Si la realidad es que Dios existe, ¿sería un acto de fe considerarlo, o una actitud científica? Tal como están las cosas en la actualidad, más acto de fe implica su negación.

 Veamos que alternativas nos proponen:

 Hay quienes para seguir imaginando un universo eterno autocausado y no sentir la necesidad lógica de una entidad exterior propulsora o creadora, sostienen un universo oscilante, de repetidos ciclos de expansión y contracción. Carl Sagan e Isaac Asimov suscribían esta idea. Pero recientemente  se demostró que aún en caso de que pudiera ocurrir una nueva unión de todas las partículas,  la compresión no dejaría ni por asomo suficiente fuerza para un rebote. Diría yo con todo esto que en el supuesto de que pudiera generarse un nuevo “átomo elemental” haría falta aplicar otra vez la “intervención divina” (o fuerza externa) para poder volver a hacer de él un universo reglado.

 También se habló de la generación constante de nueva materia, pero todo esto ya ha sido descartado por la evidencia. En definitiva, ya no hay teorías científicas alternativas al big-bang que cuenten con pruebas o siquiera indicios de su factibilidad.

 Es el big-bang, en conclusión, la explicación más certera que la humanidad ha podido encontrar al origen del universo. O para no ser tan simplistas - ya que por definición universo es TODO lo que existe - de este continuo cerrado espaciotemporal al que solemos llamar universo.

 Hay una cierta creencia popular de que el big-bang es una alternativa laica a la creación por un Ser superior. Pero, si miramos con apenas un poquito de profundidad, es evidente que nada se aleja más de la realidad. Es cierto que se contrapone con la teoría Bíblica tomada al pie de la letra, sobre la creación del mundo en siete días, o en la forma literalmente narrada en el génesis. Pero no sólo no se opone sino que da gran fuerza y vigencia, al argumento de Dios como entidad creadora del universo,  externa al mismo. Además, si miramos a la Biblia con una perspectiva más amplia, esta afirma básicamente lo mismo que los cosmólogos modernos: El universo no es eterno sino que fue creado en un momento determinado. La palabra “creación” ya ha empezado a ser tomada en contextos no religiosos, sino científicos.  

¿Por qué? Veamos: La teoría nos está afirmando que hubo un principio, y sabemos que en ciencia todo lo que sucede tiene su causa o razón de ser. Son ineludibles las preguntas  ¿Qué causó el Big Bang? ¿Qué había antes de él?  ¿De donde salió la increíble fuerza cósmica necesaria para provocar semejante explosión? Si hubo un principio, algo externo tuvo que haberlo causado, porque las leyes físicas no permiten que algo suceda así de pronto, de la nada, sin una causa.

Los intentos científicos por explicar cómo podría haber salido disparada de la nada toda la materia del universo, sin intervención de alguna fuerza externa,  son muy insatisfactorios.

La verdad es que lamentablemente es imposible llegar a saberlo desde la cosmología, porque en el primer momento la temperatura era tan alta que no se cumplían las reglas de la física, y por tanto no se puede determinar qué sucedió con anterioridad a la gran explosión.

Pero la simple lógica nos sirve en bandeja la punta del ovillo: Si todo lo que existe tiene su causa en otra cosa, y el universo empezó a existir, no pudo haber una causa para el primer evento del universo anterior a ella, y en consecuencia, la causa necesaria debe ser ajena al sistema estudiado. Es decir: una entidad externa y trascendente al universo. Aunque todavía no hemos definido sus atributos, ni estemos integrando en el concepto otras cualidades aparte de lo que se desprende estrictamente de este análisis, permitámonos llamarla Dios.

Pero, el círculo no se cierra aquí. ¿De donde surgió este Dios, si todo tiene una razón de ser? Es lógico preguntarnos.

Decir "Dios se creó a sí mismo de la nada" no dista mucho de decir que el universo se creó a sí mismo de la nada, que es justamente lo que nuestra lógica descarta,  mientras que decir decir "Dios es eterno" nos echa encima -a primera vista- nuestros propios argumentos sobre lo imposible de un infinito hacia atrás.

La salida a la encrucijada tiene que venir necesariamente por la naturaleza de Dios. ¿Qué tipo de entidad debería ser Dios para ser capaz de generar este universo de la nada?

Tenemos que agrandar nuestra mente para dejar entrar la concepción de que al ser Dios externo a nuestro universo, no está regido por sus mismas leyes. Como el tiempo y el espacio son conceptos internos de este universo que aparecieron en el momento de la creación, no son aplicables a Dios que es ajeno a ella. Por lo tanto la palabra eternidad, que refiere al tiempo, no tiene sentido al hablar de Dios. Dios no es eterno ni empezó a existir, sino que está afuera del tiempo, y es ontológicamente diferente de todo lo que conocemos. 

Para  Él no cuenta ninguna de nuestras reglas, ni siquiera aquella de que todo tiene una causa.

 

 

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