Una
generalidad presente en muchos de los conceptos que hasta aquí comentaba, es que
presuponen tener nuestra
atención depositada en lo que estamos haciendo. Y más que una atención
común, una especie de “súper-atención” que se mantenga por encima de
nuestras emociones y guíe nuestros actos.
Cuando estamos atentos a las señales, cuando nos posicionamos fuera de
un diálogo para centrarnos en el fluir de la energía, o cuando
contenemos nuestro enojo para castigar positivamente y con las palabras
justas a nuestro hijo, estamos apelando a un sector especial de nuestra
conciencia. El mismo se encuentra muchas veces dormido, y el desafío es
irlo despertando cada vez más.
depositada en lo que estamos haciendo. Y más
que una atención común, una especie de “súper-atención” que se mantenga por
encima de nuestras emociones y guíe nuestros actos.
Cuando
estamos atentos a las señales, cuando nos posicionamos fuera de un diálogo para
centrarnos en el fluir de la energía, o cuando contenemos nuestro enojo para
castigar positivamente y con las palabras justas a nuestro hijo, estamos
apelando a un sector especial de nuestra conciencia. El mismo se encuentra
muchas veces dormido, y el desafío es irlo despertando cada vez más.
Para ello,
podemos comenzar por controlar que nuestra atención se centre, la mayor parte
posible del tiempo, en lo que estamos haciendo, y no en otra cosa.
Por
ejemplo, cuando estamos haciendo gimnasia, podemos estar concentrados en el
ejercicio, o podemos “estar en las nubes”. Lo mismo cuando comemos, cuando
trabajamos, cuando conversamos con alguien. La atención frecuentemente tiende a
dispersarse, y en definitiva no estamos viviendo a pleno el momento presente.
Por eso
propongo el ejercicio de intentar constantemente centrarnos en la acción
presente:
- Si
estamos comiendo… disfrutemos el sabor de la comida, y valoremos el poder
acceder a ella.
- Si nos
encontramos en la intimidad de un momento en pareja… que nunca nuestra mente se
vaya… que acompañe cada segundo y le de el valor que se merece.
- Si
estamos jugando con nuestros niños… ¡Juguemos! Y no pensemos en otros temas
mientras tanto.
- Si
alguien nos está hablando… Escuchémoslo. Distraernos es una falta de respeto
hacia el otro, y también hacia nosotros mismos
- Mientras
trabajamos… no pensemos en ninguna otra cosa. Nuestro rendimiento será muchísimo
mejor.
Así,
podremos vivir una vida mucho más plena, donde cada momento tenga sentido y
valor. Donde las maravillas diarias sean valoradas mientras suceden, y no
después, cuando ya no están.
De a poco,
si cada vez que notamos que nuestra escurridiza mente se empieza a escapar le
decimos “¡Basta! ¡Vuelve aquí que estoy haciendo otra cosa!” se irá forjando
como una costumbre y lograremos mantener por más tiempo despierta a esa
conciencia superior.
Pero para
ello, debemos tener momentos especiales para pensar. La mente se suele distraer
porque siempre andamos cambiando de una actividad a otra, entonces no nos queda
alternativa que pensar en nuestras cosas “mientras tanto”.
Podemos
tomarnos durante el día pausas exclusivas para la actividad de pensar (imaginar.
fantasear, reflexionar, planificar, recordar) depositando toda nuestra atención
en ello.
Y además
podemos hacerlo en momentos propicios como:
- Antes de
dormir (Si sabemos ponerle punto final llegado el momento para no desembocar en
el insomnio)
- Antes de
levantarnos
- Mientras
caminamos o andamos en bicicleta
- Mientras
nos trasladamos en un medio de transporte que no conducimos
- Mientras
nos bañamos
Por
supuesto que una chispa de inspiración o creatividad puede aparecer en cualquier
momento y no debemos reprimirla. Pero, si nos encontramos en medio de otra
actividad, simplemente podemos decirnos “¡Que buena idea! La voy a retener para
trabajarla cuando sea el momento adecuado”. Y así hacerlo.